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El límite que no quieren ver, por @ArmandoMartini

Hay momentos que la política deja de ser un juego de cálculos, un ejercicio protocolar de diplomacia y se convierte en una carrera para enfrentar […]

Por: Redacción InteractPostNews | Venezuela ·
El límite que no quieren ver, por @ArmandoMartini

Hay momentos que la política deja de ser un juego de cálculos, un ejercicio protocolar de diplomacia y se convierte en una carrera para enfrentar la fuerza indómita, desbordante del disgusto ciudadano, y agotamiento de una sociedad. Venezuela entró en ese instante. No mañana. Ahora. Y quienes deben tomar decisiones siguen actuando como si hubiera margen para la displicencia, dilación y arreglo entre cogollos.

Las crisis no anuncian su punto de quiebre. Llegan. Y cuando lo hacen, la política no conduce los acontecimientos, apenas intenta alcanzarlos. Venezuela atraviesa una transición compleja de comprender, sin libreto ni horizonte definido, con el colapso económico y la asfixia autoritaria, más el rugido aterrador de la tierra que evidenció la fragilidad de un país sostenido con alfileres. Y quien pretenda construir estabilidad con arreglos que el pueblo no conoce, no consintió y no reconoce como propios. Es edificar sobre arena movediza y llamarlo cimiento.

En Venezuela, coexisten dos realidades que se repelen con una violencia que los comunicados no pueden maquillar. Quien administra las ruinas del Estado gobierna en un equilibrio inestable, con enorme rechazo ciudadano, sostenido por la gracia y favor del pragmatismo transaccional. Y, la legitimidad, nacida del voto masivo, que permanece bloqueada, exiliada, declarada “disruptiva” por quienes deberían defenderla. Ese cortocircuito no es una opinión política. Es una bomba de tiempo con el reloj corriendo.

La estabilidad no se decreta, impone, o sostiene con bosquejos institucionales negociados entre dirigentes que el pueblo no eligió, no reconoce ni respeta. Depende de una sola condición, que el ciudadano reconozca como propia la autoridad que lo conduce. Cuando esa identificación desaparece, el sistema cruje. Y Venezuela lleva meses crujiendo. Quien no lo oye, o no quiere oírlo, comete el error más costoso de la política, confundir el silencio del agotamiento con el consentimiento de la paz.

La calle se perfila como escenario porque las sociedades sometidas al hambre, la miseria, la estafa y la orfandad frente a los embates de la naturaleza llegan, tarde o temprano, a un punto de saturación irreversible. No es apología de la anarquía. Es un diagnóstico. Una economía exhausta, servicios públicos que no sirven, dolor colectivo inabarcable y la percepción de que el cacareado cambio no es más que la vieja tiranía con nueva administración; es una combinación que no requiere de gran genialidad para predecir su resultado. Es pólvora, y una chispa es suficiente para desencadenar un infierno que ningún político podrá controlar una vez encendido.

Quienes diseñan esta transición deben entender lo que no admite matices, ninguna fórmula puede construirse sin el aval popular. Intentar consolidar liderazgos de utilería, fracasados, de acomodos convenientes, mientras se pretende resucitar estructuras caducas cuya existencia sobrevive en recovecos legales, no produce estabilidad, provoca desconfianza, que acumulada, no espera indefinida.

Si la indignación supera al pragmatismo y la miopía empuja al ciudadano, hay un principio que no admite debate, la represión contra ciudadanos pacíficos, desarmados y adoloridos es una violación flagrante de los Derechos Humanos. La historia ha reiterado esta lección con una claridad que debería bastar; la obediencia a una orden ilegal no garantiza impunidad. A nadie. Nunca. En ningún país. El expediente queda abierto, aunque el poder cierre las puertas.

La salida debe ser pacífica, institucional y democrática. Pero solo será sostenible si el ejercicio del poder se reconcilia con la legitimidad que nace del voto. No es una preferencia ideológica. Es el principio elemental sin el cual no existe sistema democrático que resista. Que se despejen los obstáculos, se aparten las estructuras heredadas del oprobio, y se establezca un cronograma electoral con plazo cierto, público e inamovible. No “cuando las condiciones lo permitan.” Una fecha. Un número. Un compromiso verificable.

Los pueblos toleran privaciones con un estoicismo que sorprende a los que gobiernan desde lejos. Lloran a sus muertos. Soportan la furia de la naturaleza. Pero jamás perdonan que su voluntad sea usurpada indefinidamente en nombre de una estabilidad de laboratorio que no sienten, no ven y no les alcanza para comer.

Las sociedades rara vez anuncian el día en que dejan de tener paciencia. Simplemente, dejan de tenerla. La obligación de quienes deciden es impedir que Venezuela descubra ese límite de la peor manera. El reloj no espera explicaciones.

@ArmandoMartini