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Entrevista imaginaria con Fernando Pessoa

Lee aquí la columna Oficio impuro de Freddy Ñáñez La entrada Entrevista imaginaria con Fernando Pessoa se publicó primero en Últimas Noticias.

Por: Redacción InteractPostNews | Espectáculos ·

“Soy el punto de reunión de una pequeña humanidad”

Platón puso en marcha a la filosofía occidental bajo la forma de diálogos en los que jamás tomó la palabra y sin embargo se permitió decirlo todo. Walt Whitman se afirmaba como una multitud y Borges puso en práctica este lema con obsesiva meticulosidad. Rimbaud, en un desdoblamiento similar, consideraba un error atribuirse cuanto escribía pues su Yo en realidad era un Otro. Herman Hesse, a su manera, insistía en la misma idea: que todo hombre incluye toda la humanidad. Y aunque debíamos estar acostumbrados ya a este juego dramático de la vida, en el que las identidades y los roles son relevantes nada más que como metáforas del ser múltiple e inagotable, leer a Fernando Pessoa —¡sí!, su apellido significa justamente persona, es decir máscara— es enfrentarse al origen de la misma perplejidad. ¿Quién es Fernando Pessoa? Me gustaría ser breve y decir que habiendo nacido en Lisboa en 1888 y siendo esa la ciudad que lo vio morir desde sus calles, al lado de cajas de manuscritos y folios desconocidos, resultó ser el más grande y universal poeta del siglo XX. Pero esto es imposible de afirmar por una razón incontestable: a Pessoa no se le puede comparar con nadie más que con él mismo. Y cuando decimos él mismo hablamos precisamente de multitudes, de otros, de una humanidad en permanente contradicción. Autor de una obra literaria de grandísima factura estética: dramas, cuentos, novelas, poemas; pero también de mucha importancia filosófica —incluso política, es recordado, sin embargo, por la creación de al menos 75 heterónimos. No hablamos de nombres falsos o pseudónimos, sino de personalidades literarias autónomas, con voz propia, oficios diferentes, semblantes diversos y obras tan singulares como disímiles entre sí, que sumadas constituyen una literatura aparte. Desde el maestro de todos: Alberto Caeiro, pasando por el alma melancólica de Álvaro de Campos, la sofisticada pluma de Ricardo Reis, la mente escéptica de Bernardo Soares, hasta los menos citados como son los gnósticos Antonio Mora, el Barón de Teive o el mismísimo Alexander Search. Hasta llegar a la única encarnación femenina: María José, Pessoa demostró que el ser verdadero estaba compuesto de sí mismo y de todas sus posibilidades a la vez. Y el desorientado siglo XX —disputado por corrientes nihilistas o ultradogmáticas— tendría que beber de estas posibilidades metafísicas propuestas por Pessoa, para repensar la realidad desde múltiples perspectivas a la vez. Por eso he querido retomar las entrevistas imaginarias —un viejo ejercicio que aprendí del poeta Gustavo Pereira— justamente con este poeta. Por lo que significa el desafío de dialogar con alguien que se negó a definirse, y sin embargo lo redefinió todo. Tomo para la configuración de las hipotéticas respuestas de Fernando Pessoa a esta entrevista imaginaria, las magníficas traducciones de cartas y notas incluidas en el libro Plural como el universo, de uno de los pessoianos más laboriosos y honestos de nuestro continente, me refiero al joven editor, traductor y profesor colombiano Jerónimo Pizarro. Dicho esto, le pido al lector me preste de su fe para que este encuentro sea tan real como solo el poeta portugués lo hubiera concebido.

(El poeta ha llegado sin problema al lugar acordado. Estamos en una librería gótica llamada El cuervo, que está escondida en un atrio de esas casas grandes del pueblo El Hatillo. Es lo más parecido al centro de Lisboa que pudimos encontrar. Salvando las notables diferencias con la capital lusitana, acá se nos permite, a ambos, exhibir cierta  nostalgia bucólica. Llueve, y como la lluvia es la misma en todas partes, el rumor del agua juega a favor de la hospitalidad. Pessoa pone el sombrero y el sobretodo en una silla contigua, saluda y espera en silencio, a que concluya el servicio del café).

F.Ñ: Maestro Fernando Pessoa, gracias por acceder a esta entrevista. Sé que hay poco tiempo, de modo que evitaré, en lo posible, sinuosidades distractoras. Permítame comenzar citando íntegros los versos de “Mar portugués”:

¡Oh mar salado, tanta de cuya sal

son las lágrimas de Portugal! ¡Todas las madres

que tuvieron que llorar para que te cruzáramos!

¡Todos los hijos que rezaron en vano!

¡Todas las novias que nunca

se casaron para que fueras nuestro, oh mar!

¿Valió la pena hacerlo? Todo vale la pena hacerlo

Si el alma del que lo hace no es pequeña.

Quien quiera ir más allá del Cabo

Debe ir más allá del dolor.

Dios puso el peligro y el abismo en el mar,

Pero también lo hizo el espejo del cielo.

(Con una sonrisa escondida, Pessoa acompañó mi lectura y sólo al final interrumpió con un susurro que parece evocar la más firme de sus convicciones:)

F.P: ¡Todo por la humanidad; nada contra la Nación!

(Me adhiero a su consigna asintiendo con la cabeza tentado, lo confieso, en indagar sobre cuestiones políticas. Por fortuna continúo ceñido al cuestionario…).

F.Ñ: El único libro que usted publica en vida se llama Mensaje y lo firma como Fernando Pessoa. En él se nos revela un amor patriótico y una vocación mística que no están presentes —al menos no con el mismo fervor y univocidad— en la obra que escribirá para gloria de sus otras personalidades. ¿Se arrepintió de este libro? ¿En ese sentimiento podríamos encontrar la génesis de su obra heteronímica?

(Ahora es él quien habla con gestos respondiendo negativamente a mis dos preguntas al tiempo que reconstruye con cierto orgullo los hechos).

F.P: Cuando a veces pensaba en el orden con el cual publicaría en el futuro mis obras, nunca figuró en primer lugar un libro del género de Mensaje. Dudaba entre si debía comenzar por un libro de versos grande —un libro de unas 350 páginas, que englobara las diversas subpersonalidades de Fernando Pessoa él-mismo—, o si debía hacerlo con una novela policíaca. Estoy de acuerdo… en que no fue feliz la aparición que, de mí mismo, hice con la publicación de Mensaje. Pero estoy de acuerdo con los hechos en que fue la mejor aparición que yo podía hacer. Precisamente porque esa faceta —en cierto modo secundaria de mi personalidad— nunca había quedado suficientemente manifiesta en mis colaboraciones en revistas (excepto en el caso de “Mar portugués”, que forma parte del mismo libro); precisamente por eso convenía que se manifestara. De resto, coincidió, sin que yo lo planeara o lo premeditara (soy incapaz de premeditación práctica), con uno de los momentos críticos (en el sentido original de la palabra) de la remodelación del subconsciente nacional. Lo que hice casualmente y se completó por conversación, había sido trazado, con Escuadra y Compás, por el “Gran Arquitecto”.  Paso ahora a responder a su pregunta sobre la génesis de mis heterónimos. Voy a ver si consigo responderle completamente.

F.Ñ: Justamente vamos a ello. Casi todos los elogios hacia usted se agotan en señalar su ingenio y su rigurosidad dramática a la hora de inventar e interpretar personajes que hoy tienen vida propia. Yo no me excluyo de ese grupo de admirados, sin embargo, he querido entender el fenómeno de los heterónimos como un hecho al margen de la literatura y sus artificios, y tal vez sea esta, si no mi única pregunta para usted, la cuestión central de la entrevista. La urgencia de construir nuestra personalidad se manifiesta en cada uno de forma diferente y en tiempos autónomos, mas siempre con el mismo fin: asirnos a una verdad. El Yo transitorio, inconcluso, pero en definitiva físico como el mundo. ¿Le fue esquivo desde temprano este destino?

F.P: Tuve siempre, desde niño, la necesidad de aumentar el mundo con personalidades ficticias, sueños míos rigurosamente construidos, visionados con claridad fotográfica, comprendidos desde el interior de sus almas. Yo no tenía más de cinco años, era un niño aislado y no deseaba estar sino así, y ya me acompañaban algunas figuras de mis sueños: un capitán Thibeaut, un Chavalier de Pas y otros que ya se olvidaron de mí y cuyo olvido, al igual que el recuerdo imperfecto que guardo de ellos, constituye una de las más grandes saudades de mi vida.

F.Ñ: Todos los niños imaginan. Poblar el mundo de seres fantásticos, heroicos o vulgares, pero inexistentes. Tratar con ellos, darles un papel en nuestra vida, clasificarlos, amarlos y olvidarlos. Es la infancia del hombre. Y pareciera que esta capacidad creadora comporta más un vacío del alma que una abundante y fértil imaginación lúdica.

F.P: En cuanto a mí, esta tendencia no se quedó atrás, con la infancia; se desarrolló en la adolescencia, se arraigó con el crecimiento de ella y se volvió finalmente la forma natural de mi espíritu.

F.Ñ: ¿Se decidió usted por una personalidad múltiple o esto fue el resultado de una despersonalización?

F.P: Hoy ya no tengo personalidad: todo lo que en mí haya de humano, yo lo divido entre los varios autores de cuya obra he sido ejecutor.

F.Ñ: ¿Cómo definiría su Yo, este que ahora habla?

F.P: Soy el punto de reunión de una pequeña humanidad sólo mía.

F.Ñ: Es decir, el lugar donde se legitima la personalidad de sus autores y el médium que hace ver y oír esa humanidad que lo habita.

F.P: ¡Medium de mí mismo! Soy, sin embargo, menos real que los otros, menos indiviso, menos personal, claramente influenciado por todos ellos.

F.Ñ: Es Fernando Pessoa como punto de partida y de llegada luchando por ser Campos, Reis, Soares, Caeiro y todos cuantos.

F.P: …Es Fernando Pessoa contra su inexistencia como Alberto Caeiro, Bernardo Soares, etc. Se trata sencillamente del temperamento dramático elevado al máximo; de escribir en vez de dramas en actos y acción, dramas en almas. Así de sencillo es, en su esencia, este fenómeno aparentemente tan confuso.

F.Ñ: Para alejarnos de los predios del psicoanálisis demos un paso, ahora sí, dentro del universo literario que ha construido pues me interesa también algunas verdades sobre el tema de la personalidad que están poéticamente elaboradas en sus heterónimos.

F.P: No niego, con todo —y la favorezco, incluso— la explicación psiquiátrica; pero conviene comprender que toda actividad superior del espíritu, porque es anormal, es igualmente susceptible de esas interpretaciones. No me cuesta admitir que yo sea loco, pero exijo que se comprenda que no lo soy de una manera diferente a Shakespeare, sea cual sea el valor relativo de los productos del lado sano de nuestra locura.


F.Ñ: Esa diferencialidad que imprime entre sus heterónimos —pienso en la polémica entre Álvaro de Campos y Ricardo Reis en torno a la poesía—, ¿la siente más real en relación a la personalidad que al estilo o a las posiciones de cada uno?

F.P: La personalidad se distingue por ideas y sentimientos unificados solamente en el estilo. Me decidí a publicar bajo varios nombres, varias obras de varias especies, que se contradigan las unas a las otras, obedeciendo así, a una necesidad de dramaturgo y a un deber social.

F.Ñ: Un deber social… ¿en qué sentido?

F.P:  Finalmente, lo que domina son las corrientes sociales dirigidas e impulsadas por leyes desconocidas. Por eso creo personalidades que interpretan varias corrientes, para que así se vuelvan más conscientes ciertos temperamentos en los cuales esas corrientes son inconscientes.

F.Ñ: Un heterónimo para cada corriente ¿y usted?, fuera de todas las confrontaciones. ¿Interpreto bien?

F.P: No publico todo bajo mi nombre, porque eso sería contradecirme. Las tesis más sintéticas, las que estén en la línea de orientación más cercana al promedio de la expresión más propia de mi temperamento, las publiqué bajo mi nombre.

F.Ñ: Sus verdades, por ejemplo

F:P: No se debe pensar que las considero más verdades que las publicadas con nombres inventados.

F.Ñ: Entonces acepta como verdades posturas materialistas, laicas, incluso blasfemas, como las que se permite Caeiro, siendo que el Fernando Pessoa que es usted claramente se decanta por lo contrario, una espiritualidad que lo aleja de lo impío.

 F.P: Por algún motivo temperamental que no es mi intención analizar, ni es importante que lo haga, construí en mi interior varios personajes que se diferencian entre ellos y de mí, personajes a los cuales les atribuí poemas diversos que no son lo que yo, con mis sentimientos e ideas, habría escrito. Es así como los poemas de Caeiro, de Ricardo Reis y de Álvaro de Campos tienen que ser considerados. En ninguno de ellos hay que buscar ideas o sentimientos míos, ya que muchos de ellos expresan ideas que no acepto y sentimientos que nunca tuve. Hay que leerlos como están y nada más, que es como se debe leer, por lo demás. El octavo poema del Guardador de rebaños, con su blasfemia infantil y su antiespiritualismo absoluto, lo escribí con sobresaltos y repugnancia. Alberto Caeiro, sin embargo, tal y como yo lo concebí, es así: así tiene pues que escribir, lo quiera o no lo quiera yo, y así yo piense o no como él. Negarme el derecho a hacer esto sería lo mismo que negarle a Shakespeare el derecho de darle expresión al alma de Lady Macbeth con el argumento de que él, poeta, ni era mujer ni, que se sepa, histeroepiléptico, o el de atribuirle a Shakespeare una tendencia alucinatoria y una ambición que no retrocede ante el crimen.

F.Ñ: Entiendo el punto pero convengamos que el caso de Shakespeare —justamente de ese Shakespeare autor de dramas— es muy distinto al suyo.

F.P: Si es lícito permitirse esa libertad con los personajes ficticios de un drama, también lo es con los personajes ficticios sin un drama, porque esa libertad es lícita no porque ellos sean ficticios, sino porque están en un drama.

F.Ñ: Estoy de acuerdo en que la obra ha de ser perfectamente separable del autor. Pero admito que su caso es un desafío que desborda cualquier tecnicismo. Usted no crea personajes dentro de un universo ficcional, usted les otorga una vida autónoma al extremo de que ésta se realiza en una obra propia, con el ejercicio de temperamentos singulares, incluso con una ruta astral que los predestina a todo ello.

(El poeta se inclina hacia el lado derecho de la mesa para tomar el ejemplar de Mensaje que permanecía junto a otros libros apilados, que yo había traido como material de apoyo).

F.P: Ni esta obra ni las que vendrán después tienen algo que ver con quien las escribe.

 (Tras ojearlo con parca curiosidad, y golpear tres veces con los dedos el retrato de la solapa retoma su argumento).

Él ni está de acuerdo con lo que en ellas viene escrito, ni está en desacuerdo. Como si le fuera dictado, escribe; y, como si le fuera dictado por un amigo —y con razón éste le pidiera para que pusiera por escrito lo que dictaba—, considera interesante lo que, siguiendo el dictado, va escribiendo, tal vez solo por amistad. El autor humano de estos libros no conoce en sí mismo ninguna personalidad. Cuando por casualidad siente que una personalidad surge en su interior, pronto capta que se trata de un ente diferente a él, aunque parecido; hijo mental, tal vez, y con cualidades heredadas, pero con las diferencias que lo distinguen por ser otro.

F.Ñ: Un pluralismo muy cercano al principio de contradicción, ¿no cree?

F.P: La contradicción es una inferioridad. Compararé algunas de estas figuras para ejemplificar en qué consisten sus diferencias. El ayudante de tenedor de libros Bernardo Soáres y el Barón de Teive —ambas figuras míamente ajenas— escriben con la misma sustancia de estilo, la misma gramática y el mismo tipo y forma de propiedad del lenguaje que yo, ya que escriben con el estilo que, sea bueno o malo, es mío.

F.Ñ: Insisto. Me parece en todo caso deslumbrante que incluso se ocupe usted de configurarles una vida verosímil más allá del estilo literario y al punto de hacerlos nacer bajo la influencia de un planeta determinado. Dándole con ello un destino místicamente singular. Nadie se fía de un alma sin signo. Esto rebasa el oficio del poeta y hasta cierto punto usurpa el del Demiurgo. Hablemos de esto aplicado a dos casos polares: el Caeiro-Reis.

(Mis preguntas son largas y no parecen incomodarlo. Pessoa aprovecha ese tiempo para armar sus cigarrillos, encenderlos y fumar. Me ofrece uno esta vez. Lo rechazo con cortesía. Todo en un ademán de ida y vuelta. Él espera a que la bocanada de humo abra paso a sus palabras, entonces dice:)

F.P.: Refieren los astrólogos los efectos en todas las cosas a la operación de cuatro elementos: el fuego, el agua, el aire y la tierra. Con este sentido podremos comprender la operación de las influencias. Unos actúan sobre los hombres como la tierra, soterrándolos y aboliéndolos, y esos son los que mandan en el mundo. Unos actúan sobre los hombres como el aire, envolviéndolos y escondiéndolos unos de los otros, y esos son los que mandan más allá del mundo. Unos actúan sobre los hombres como el agua, que los empapa y convierte en su misma sustancia, y esos son los ideólogos y los filósofos, que dispersan por los otros las energías de la propia alma. Unos actúan sobre los hombres como el fuego, que quema en ellos todo lo accidental, y los deja desnudos y reales, propios y verídicos, y esos son los libertadores. Caeiro es de esa raza. Caeiro tuvo esa fuerza. ¿Qué importa que Caeiro sea de mí, si así es Caeiro? Así, operando sobre Reis, que todavía no había escrito cosa alguna, hizo nacer en él una forma propia y una persona estética. Así, operando sobre mí mismoF, me libró de sombras y harapos, me dio más inspiración a la inspiración y más alma al alma. Después de esto, así prodigiosamente conseguido, ¿quién preguntará si Caeiro existió?

F.Ñ: Antes se declaró menos real que sus heterónimos y asumió vivir bajo la influencia de estos y no al revés. ¿Significa que en cierto modo nacieron opuestos o ajenos a su carácter, y, con toda seguridad, libres de su control?

F.P: Voy a explicarle la manera como compongo las figuras que forjo en mí. Esta explicación se debe entender como un desdoblamiento analítico de un fenómeno más o menos inconsciente. La composición de esas personalidades sería imposible por un impulso determinado de la razón. Considerado psiquiátricamente, soy lo que se llama un histero-neu-rasténico. La histero-neurastenia es, comúnmente, un estado general neurasténico sobrepuesto a un estado sustancial histérico. En muchos casos el estado neurasténico se adquiere o sobreviene. En mi caso, que es el de la histero-neurastenia auténtica —la temperamental— los dos fenómenos coexisten desde el nacimiento; al mismo tiempo, forman y no forman un bloque, visto que son diferentes, una vez que son distinguibles. Como usted sabe, naturalmente, la histeria (cuya existencia como especie nosológica es impugnada por algunos, sin que esto tenga importancia ahora) produce, típicamente, una oscilación extraordinaria de la sensibilidad, una capacidad intensa de sensaciones y sentimiento rápidos y profundos, mientras duran, que, sin embargo, no se prolongan, una tendencia al devaneo y a la irrealización.

F.Ñ: Me quedo con el devaneo y la irrealización como dos elementos claves presentes en su escritura o, mejor decir, en la de Bernardo Soares. Construir un heterónimo desde una verdad radicalmente opuesta a la suya es atribuible a cierto arte dialéctico del que, sobra decirlo, es usted un maestro. Pero el diletantismo, la duda pirrónica, expuesta y sostenida en El libro del desasosiego… esto requiere un equilibrio exquisito. ¿Ha sido Soares el más difícil de sus Pessoas?

F.P: Mi heterónimo Bernardo Soares, que por otra parte en muchas cosas se parece a Álvaro de Campos, surge siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga un poco suspendidas las cualidades de raciocinio y de inhibición; aquella prosa es (ciertamente) un constante devaneo.

F.Ñ: En esto se parece mucho al Pessoa que usted llama “objetivo” ¿Soares sería más un pseudónimo que un heterónimo?

F.P: Es un semiheterónimo porque, aunque no es mi personalidad, no es diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad. La prosa, salvo lo que el raciocionio ofrece de tenue a la mía, es igual a ésta, y el portugués perfectamente igual: mientras Caeiro escribía mal el portugués, Campos razonablemente, pero con lapsus, como decir “yo propio” en vez de “yo mismo”, etc. Reis mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado.

F.Ñ: Escribir entre dudas y certezas y hacerlo tan agudamente de ambas maneras (la exotérica y la esotérica), nos lleva indefectiblemente al ámbito mistérico, donde las verdades existen ocultas y sin embargo escrutables por el espíritu, incluso por el del más ateo de suspersonajes. ¿Cree la comunidad de Pessoas en algo?

(El poeta levanta la mano para llamar la atención del mesonero que no ha necesitado palabra alguna para descifrar la orden: son dos cafés adicionales, agua sin gas y un nuevo cenicero. Me animo a explicarle el tipo de café que tenemos en el país, la importancia de la altura, de la calidad del tueste, pero estos detalles parecen interesarle mucho menos que el rumbo que ha tomado la entrevista. Luego de verse servido, se las arregla para cortar mi perorata sobre el café de especialidad y retomar nuestro asunto yendo al hueso)

F.P: Me pregunta si creo en el ocultismo.

F.Ñ: Exactamente…

F.P: Hecha así, la pregunta no es del todo clara; comprendo sin embargo la intención y a ella respondo. Creo en la existencia de mundos superiores al nuestro y de habitantes de esos mun-dos, en experiencias de diversos grados de espiritualidad, sutilizándose hasta llegar a un Ente Supremo, que presumiblemente creó este mundo. Puede ser que existan otros Entes, igualmente Supremos, que hayan creado otros universos, y que esos universos coexistan con el nuestro, interconectadamente o no. Por estas razones, y aún otras, la Orden Externa del Ocultismo, o sea, la Masonería, evita (excepto la Masonería anglosajona) la expresión “Dios”, dadas sus implicaciones teológicas y populares, y prefiere decir “Gran Arquitecto del Universo”, expresión que deja en blanco el problema de si Él es Creador, o simple Gobernador del mundo. Dadas estas escalas de seres, no creo en la comunicación directa con Dios, pero, según nuestra afinación espiritual, nos podríamos ir comunicando con seres cada vez más altos.

F.Ñ: ¿Cómo se imagina esa relación con estos Entes o Seres Supremos?

F.P: Hay tres caminos hacia lo oculto: el camino mágico, que es extremadamente peligroso, en todos los sentidos (e incluye prácticas como las del espiritismo, intelectualmente al nivel de la brujería, que también es magia); el camino místico, que no tiene propiamente peligros, pero es incierto y lento, y el que se llama camino alquímico, el más difícil y el más perfecto de todos, porque comprende una transmutación de la propia personalidad que la prepara, sin grandes riesgos y con las defensas que los otros caminos no tienen.

F.Ñ: ¿El camino más difícil y más perfecto es el de los iniciados, es decir, el de los poetas y filósofos, como se podría inferir de su poema “Eros y Psique”?

F.P: En cuanto a la “iniciación” o no, solo puedo decirle lo siguiente, que no sé si responde a su pregunta: no pertenezco a ninguna Orden Iniciática. La cita, que sirve de epígrafe a mi poema “Eros y Psique”, de un pasaje (traducido, ya que el Ritual se encuentra en latín) del Ritual del Tercer Grado de la Orden Templaria de Portugal, indica simplemente —lo que es un hecho— que me fue permitido hojear los Rituales de los tres primeros grados de esa Orden, extinta, o en letargo desde cerca de 1888. Si no estuviera en letargo, yo no citaría el pasaje del Ritual, pues no se deben citar (indicando el origen) pasajes de Rituales que están en ejercicio. Creo así, mi querido camarada, haber respondido, si bien con ciertas incoherencias, a sus preguntas. Si hay otras que desea hacerme… Responderé conforme pueda y lo mejor que pueda.

(El sol todavía es alto y la tarde conserva su claridad. Son las campanas de la Iglesia quienes nos dan aviso de que hemos agotado el tiempo de la conversación. En el cuestionario quedan aún muchos temas pero no me atrevo a pedirle una prórroga. Por demás sería insuficiente. Sobre sus poemas ingleses y el arte de la traducción, de la experiencia como editor de la revista Orpheu, así como su teoría del amor y la relación que tuvo (y no tuvo) con Ofelia… de estos asuntos el lector trendrá que ocuparse, le corresponde indagar por su cuenta a fe de que frente a Pessoa todo lo esencial vive fuera del tiempo. Hecha esta reflexión fugazmente y en silencio, pongo el bolígrafo en reposo, y compongo mi despedida).

F.Ñ: Cada respuesta suya me deja satisfecho y sin embargo, esa satisfacción no hace sino inducirme a dudas superiores con lo cual, esta escalera infinita podría convertirse en una trampa. Le concedo cerrar, no ya respondiendo a mis dudas sino a las suyass propias: sentencie el final de esta conversación.

(Algo le hizo gracia, al menos eso interpreto de su semblante. Sonriendo para sí mismo estrella cuidadosamente su cigarrillo contra el cenicero hasta asegurarse de que se ha apagado por completo. Asumo entonces que no es amante de los finales graves. Con un modesto “¡obrigado!”, tan breve y tan cercano que sería imposible de registrar,  finaliza todo. Antes de devolverme el libro escribe sobre la hoja de cortesía, a modo de dedicatoria, el inicio de una futura conversación: ¡Yo mismo seré toda mi literatura!

A la memoria de Manuel Espinoza, otro ser infinito.

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