José Gerbasi: El vértigo del colapso
Hay momentos en la historia en los que la realidad parece imitar a la física más sutil, esa que no se mide en gritos ni […]
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Hay momentos en la historia en los que la realidad parece imitar a la física más sutil, esa que no se mide en gritos ni en despliegues de fuerza bruta, sino en leyes invisibles que operan con la inexactitud de un péndulo o la precisión implacable de un trompo metálico. Es ahí donde entra en juego el disco de Euler.
Para quienes no lo han contemplado, un disco de Euler es un objeto simple —un cilindro metálico grueso— que, al ser puesto a girar sobre una superficie cóncava o lisa, experimenta un fenómeno fascinante y desconcertante. Al principio, su movimiento es amplio, pausado, casi silencioso y solemne. Pero a medida que el tiempo transcurre, ocurre algo paradójico: el giro se acelera de manera vertiginosa, el sonido metálico se intensifica hasta convertirse en un zumbido agudo, y la vibración se hace tan densa que parece que el disco estuviera cobrando una velocidad inusitada, a punto de alcanzar una nueva dimensión de energía. Sin embargo, la física desvela la verdad oculta tras el vértigo: el disco no está ganando impulso; está agonizando. Está perdiendo energía cinética por fricción, y esa aceleración frenética es, en realidad, el preludio exacto de su colapso total contra la superficie. Es el sonido de la inercia llegando a su límite absoluto.
Trasladar esta imagen a la Venezuela de los últimos veintisiete años es un ejercicio de lúcida revelación neuropsicológica y política. Durante más de dos décadas, hemos visto girar sobre el tablero nacional a un régimen que ha destrozado las estructuras materiales y espirituales del país. Hoy, ese sistema de poder —y las diplomacias pragmáticas o desacertadas que a menudo intentan calcular mal los tiempos, como esos acuerdos petroleros recientes impulsados desde despachos lejanos que parecen premiar o tolerar a actores requeridos por la justicia internacional— experimenta el síndrome del disco de Euler.
Parece que corren más, que pactan de prisa, que suben el volumen de su propaganda, que intentan blindarse con urgencia y estridencia. Hacen ruido. Mucho ruido. Pero desde la perspectiva de la termodinámica social y la filosofía política, ese vértigo no es fortaleza; es el zumbido desesperado del desgaste. Es la fricción de un modelo que se agota, acelerando su propia caída porque ya no le queda energía genuina, solo inercia y fricción.
Frente a esa falsa velocidad del caos, la verdadera resistencia nacional ha adoptado una frecuencia completamente distinta: la paciencia estratégica y la coherencia inquebrantable. Pensemos en esa figura de temple inalterable —esa mujer de liderazgo pétreo y serenidad incansable, flanqueada por un equipo que no se deja arrastrar por las ansiedades del corto plazo—. Mientras el poder usurpador vibra estridentemente, este liderazgo encarna la maestría de mantener la frecuencia alineada con la verdad.
Desde la neurociencia sabemos que el cerebro humano, sometido a la fatiga crónica y al trauma sociopolítico prolongado, tiende a buscar la gratificación inmediata, el alivio rápido y la desesperanza ante la lentitud de los procesos históricos. El régimen apuesta precisamente a ese desgaste cognitivo: quiere que la sociedad gire rápido, que se desespere, que caiga en la trampa de la reacción impulsiva.
Sin embargo, la coherencia actúa como un ancla prefrontal. No es pasividad; es la comprensión profunda de que la energía no se destruye, se transforma, y que los cambios estructurales profundos requieren la ley del ritmo natural. Quien lidera desde la coherencia no compite en decibelios con el tirano; compite en permanencia. Sabe que el ruido ensordecedor del poder agonizante es temporal, pero la vibración de la dignidad es permanente.
El disco de Euler nos deja una lección urgente para la hora actual: no todo lo que acelera está creciendo; a veces, solo está colapsando bajo el peso de su propia degradación. La esperanza lúcida no consiste en esperar que el opresor se detenga por voluntad propia, sino en comprender que su carrera acelerada hacia ninguna parte es el síntoma inequívoco de su fin.
A quienes resisten en la penumbra de la lucha diaria, la vida y la historia no les piden girar más desesperados, sino vibrar con mayor firmeza. Porque en los momentos decisivos, la victoria no pertenece al que hace más ruido, sino a aquel cuya frecuencia es tan pura, tan alineada con la justicia y la dignidad, que es capaz de sostener el equilibrio de toda una nación cuando el disco, finalmente, se detiene.
Vamos por más…
@jgerbasi