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Luis Alberto Perozo Padua: Estados Unidos quiso sacar a Juan Vicente Gómez del poder

En plena Primera Guerra Mundial, Washington consideró que el Benemérito era un peligro para los intereses estadounidenses. La pregunta era cómo apartarlo sin incendiar la […]

Por: Redacción InteractPostNews | México ·
Luis Alberto Perozo Padua: Estados Unidos quiso sacar a Juan Vicente Gómez del poder

En plena Primera Guerra Mundial, Washington consideró que el Benemérito era un peligro para los intereses estadounidenses. La pregunta era cómo apartarlo sin incendiar la paz de América Latina.

Washington, invierno de 1918. En los despachos del Departamento de Estado, Venezuela había dejado de ser una preocupación distante. La guerra europea había convertido al Caribe en un tablero estratégico y Juan Vicente Gómez ocupaba una casilla incómoda.

Gómez gobernaba desde 1908 y había construido un régimen centralizado, sostenido por el Ejército y una severa política contra sus adversarios. Mientras Estados Unidos combatía a Alemania, Venezuela mantenía la neutralidad y Gómez mostraba simpatía por la eficacia militar alemana. Washington comenzó a preguntarse si aquella neutralidad era realmente neutral.

Venezuela no rompió relaciones con Alemania y los informes estadounidenses advertían sobre su influencia. Circulaban además rumores sobre una posible instalación naval o inalámbrica alemana, incluso mediante un eventual arrendamiento de Margarita. No existe evidencia concluyente de que Gómez negociara entregar la isla.

Desde el exilio, José María Ortega Martínez intentaba convencer a Estados Unidos de que el régimen podía ser derribado. Aseguró que unos 1.500 venezolanos prominentes estaban encarcelados y alrededor de 5.000 se encontraban en el exilio. Denunció la influencia alemana y propuso apoyar clandestinamente a los opositores.

Pero una cosa era derribarlo y otra encontrar un sustituto sin provocar una guerra civil o una ocupación estadounidense.

El Departamento de Estado encargó al funcionario Glenn Stewart un estudio sobre Venezuela. Stewart examinó desconocer políticamente al Gobierno de Gómez, imponer un embargo comercial o ejercer presión diplomática.

Las descartó: el desconocimiento tendría escaso efecto; un embargo podía perjudicar intereses estadounidenses; y la presión diplomática podía fortalecer al dictador.

Su conclusión fue estremecedora: la única manera de garantizar un cambio real era «eliminar a Gómez de raíz».

El memorándum llegó a Robert Lansing, secretario de Estado, quien advirtió a Wilson que Gómez era «un verdadero peligro para Estados Unidos y para nuestro esfuerzo de guerra».

El 16 de febrero de 1918, Wilson escribió a Lansing: «This scoundrel ought to be put out». «Este sinvergüenza debería ser sacado».

No ordenó una invasión ni una operación para asesinar o derrocar a Gómez. Planteó el verdadero dilema: si existía alguna manera de sacarlo del poder sin alterar la paz de América Latina más de lo que lo haría dejarlo allí.

Gómez no era fácil de derribar: controlaba el Ejército y las autoridades regionales. Enviar tropas significaba intervenir directamente en Venezuela y abrir otro frente en el Caribe.

En Maracaibo, la tensión tenía un matiz particular. Centro comercial del Zulia y enclave de creciente importancia petrolera, la ciudad tenía una fuerte presencia extranjera y una comunidad alemana económicamente poderosa. A comienzos de 1918, el médico y empresario Pedro Rojas se entrevistó con Emil Sauer, cónsul de Estados Unidos en Maracaibo, para plantear que Washington apoyara un movimiento revolucionario destinado a derribar a Gómez en el Zulia.

Mientras Wilson se preguntaba cómo sacar al general sin perturbar la paz continental, algunos venezolanos intentaban convencer al consulado de que la intervención podía comenzar en el occidente del país. Pero Washington no estaba convencido.

A medida que avanzaba 1918, un informe de la División Latinoamericana del Departamento de Estado, fechado el 4 de septiembre, consideró que la actitud de Gómez estaba influida por el poder comercial alemán y por la percepción de la fuerza militar germana, pero que eso no significaba necesariamente que fuese un aliado de Alemania.

La recomendación fue mostrarle el poder militar estadounidense para inducirlo a alinearse. Ya no se trataba necesariamente de sacar a Gómez: podía ser suficiente con convencerlo.

Entonces Alemania perdió la guerra.

El 11 de noviembre de 1918 terminó el conflicto europeo. La amenaza alemana que había convertido la neutralidad venezolana en un problema estratégico desapareció prácticamente de un día para otro.

Después de la guerra, el Gobierno de Gómez se acercó a Estados Unidos. La documentación estadounidense comenzó a describirlo menos como «proalemán» que como «pro-Gómez»: un gobernante interesado, ante todo, en conservar su poder y capaz de adaptarse a la nueva relación de fuerzas.

La paradoja era extraordinaria. El mismo hombre que en febrero de 1918 aparecía ante Wilson como un «sinvergüenza» que debía ser apartado permanecía en el poder y se convertía en interlocutor de los intereses económicos estadounidenses.

El petróleo reforzó esa relación. En 1921, Preston McGoodwin, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Caracas, trataba directamente con Gómez asuntos vinculados con la legislación petrolera, mientras el secretario de Estado Charles Evans Hughes recibía informes sobre las negociaciones y los intereses de compañías estadounidenses.

Wilson abandonó la Casa Blanca en marzo de 1921. Gómez permaneció en el poder hasta su muerte, el 17 de diciembre de 1935.

No hubo expedición estadounidense para derrocarlo ni una revolución venezolana patrocinada abiertamente por Washington. Tampoco se concretó el proyecto de «eliminar a Gómez de raíz».

La explicación fue estratégica: el costo de removerlo parecía mayor que el de soportarlo. Alemania había dejado de ser una amenaza inmediata y Gómez podía ser llevado hacia la órbita estadounidense sin intervención militar.

Aquel episodio fue la historia de una potencia que descubrió los límites de su poder.

Gómez sobrevivió. Wilson se fue. Y Venezuela continuó bajo la sombra del general tachirense durante otros diecisiete años.

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas