William Hernández: El tablero petrolero sudamericano y el reordenamiento energético de Venezuela
El mapa petrolero de Sudamérica vive una transformación sin precedentes, donde la seguridad energética de Estados Unidos y la proyección de sus corporaciones multinacionales actúan […]

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El mapa petrolero de Sudamérica vive una transformación sin precedentes, donde la seguridad energética de Estados Unidos y la proyección de sus corporaciones multinacionales actúan como el gran eje de gravedad. Desde las aguas ultraprofundas del Caribe oriental hasta los yacimientos no convencionales del Cono Sur y la Faja del Orinoco, la influencia norteamericana redefine las reglas del juego geopolítico, demostrando que el petróleo sigue siendo el termómetro fundamental del poder en el hemisferio.
Al observar la región, el contraste es evidente. En Guyana, la presencia estadounidense es determinante y funciona a ritmo de récord: el bloque Stabroek, operado masivamente por ExxonMobil junto a Hess, ha catapultado al país como la economía de mayor crecimiento global al superar el millón de barriles diarios, respaldada por una diplomacia que blinda la estabilidad operativa frente a las tensiones regionales. Un fenómeno similar, aunque en fase de expansión, se gesta en la vecina Surinam, donde los gigantes corporativos apuestan fuertemente al offshore. En el Cono Sur, Argentina se consolida como un pilar fundamental del abastecimiento hemisférico gracias al desarrollo masivo de Vaca Muerta, donde el capital y la tecnología de Chevron y ExxonMobil son indispensables. En la otra acera se encuentran Ecuador —con una incidencia norteamericana decreciente que ha cedido terreno frente a capitales asiáticos en la Amazonía— y Perú, cuya producción mantiene un perfil bajo y diversificado con nula injerencia geopolítica de Washington.
Sin embargo, el capítulo más complejo y de mayor repercusión geopolítica se escribe en Venezuela. Aquí, la relación energética con Estados Unidos atraviesa una mutación profunda, transitando del aislamiento de las sanciones a un pragmatismo de licencias ampliadas y acuerdos bilaterales directos supervisados por la OFAC.
En este escenario, Chevron se ha consolidado como el motor occidental indispensable para rescatar los volúmenes de PDVSA, impulsando planes de inversión multianuales que superan los 7.000 millones de dólares con la mira puesta en alcanzar los 600.000 barriles diarios en la Faja del Orinoco y occidente. Paralelamente, la Costa del Golfo de EE. UU. recupera su estatus como el mercado natural e histórico para nuestro crudo pesado, inyectando el flujo de caja que sostiene la estabilización de una producción nacional que ronda ligeramente el millón de barriles diarios. Ante una infraestructura golpeada por años de desinversión, la ingeniería, los repuestos y los estándares gerenciales estadounidenses se han vuelto vitales.
Lo que presenciamos no es una simple reactivación comercial, sino una reconfiguración de la supremacía energética. Los recientes acercamientos diplomáticos y la reordenación de los derechos de comercialización devuelven a Washington una influencia directa sobre el corazón de las reservas probadas más grandes del planeta, desplazando de forma calculada a otras potencias de los campos con mayor rentabilidad técnica.
Para Venezuela, este viraje exige una lectura sobria y realista: el pragmatismo energético demuestra que la recuperación de nuestra industria pasa ineludiblemente por la tecnología, el capital ,mercados occidentales. Pero, de manera fundamental, para mantenerse en el tiempo necesita un cambio estructural gubernamental; y eso parte por un cambio democrático del país que tiene su origen ineludible en unas elecciones presidenciales libres para dar inicio a la reconstrucción integral de toda una nación.