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El dorado del Día de Muertos: una visión que celebra la vida

Cada noviembre, México se viste de cempasúchil y copal, y desde la Gran Pirámide de Cholula se contempla un valle dorado que recuerda la visión ancestral de la muerte como tránsito.

Por: Redacción InteractPostNews | México ·
Saber morir para saber vivir

“La sabiduría ancestral que celebramos cada noviembre.” Cada noviembre, México se cubre de un dorado que no proviene del sol, sino de la tierra. El cempasúchil abre caminos, el copal sube en espiral y en millones de hogares se levanta un altar. Pocas naciones en el mundo pueden mirar a la muerte de frente y responderle con flores, pan y música; nosotros lo hacemos, y conviene preguntarnos por qué.

La vista más hermosa de ese dorado se aprecia desde lo alto de la Gran Pirámide de Cholula, el Tlachihualtépetl, a los pies del Santuario de Nuestra Señora de los Remedios. Desde allí, al atardecer, los campos de cempasúchil y de flor de terciopelo se extienden como un manto dorado y morado sobre el valle, mientras los volcanes guardan silencio en el horizonte. Es una panorámica tan excelsa que parece revelar los colores de la vida: el oro del sol que se despide y el morado de la noche que llega; la pirámide prehispánica y el templo virreinal, dos memorias sosteniendo un mismo cielo.

La respuesta está en nuestra memoria más antigua. Para los pueblos mexicas, la muerte no era un final, sino un tránsito. Quien partía emprendía un viaje de cuatro años hacia el Mictlán, el reino de Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, cruzando nueve regiones: un río que solo se cruzaba con la ayuda de un xoloitzcuintle, cerros que chocaban entre sí, montañas de obsidiana, y demás pruebas que simbolizaban la continuidad de la existencia.