Cuauhtémoc Cárdenas: el hombre sin el cual no se entiende la democracia mexicana
En opinión de Paola Migoya, la talla política de Cuauhtémoc Cárdenas obliga a medir a quienes hoy hablan en su nombre. Hay legados que se heredan con el apellido; el suyo se ganó con renuncias.

Hoy que tantos presumen ser de izquierda, basta mirar las fotos de 1988 para saber dónde nació, de verdad, ese movimiento. Ahí están las plazas llenas, los rostros sin cargo ni nómina, y al centro un hombre serio, de pocas palabras, que había renunciado a todo lo que el sistema le ofrecía. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano murió el 28 de octubre de 2026, a los 92 años. Con él se va el último gran fundador de la democracia mexicana moderna.
No escribo para canonizarlo. Escribo porque su talla política obliga a medir a quienes hoy hablan en su nombre. Hay legados que se heredan con el apellido; el suyo se ganó con renuncias.
El sistema que había dado de sí
Hay que reconocerle al PRI lo que le corresponde. Nació para poner orden a una Revolución que se devoraba a sí misma, donde la traición era la regla y ningún caudillo moría en paz. Con su propia forma de ser, el partido dio estabilidad, pacificó la sucesión del poder y permitió construir un México de instituciones: el IMSS, el ISSSTE, la educación pública masiva, la banca de desarrollo.
Pero esa estabilidad tuvo un precio. Mario Vargas Llosa la llamó en 1990 “la dictadura perfecta”; Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis la diseccionaron durante décadas en novela y crónica. Fuentes retrató a la élite revolucionaria convertida en casta; Monsiváis documentó a una sociedad que empezaba a organizarse sin pedir permiso, sobre todo tras el sismo de 1985. Hacia mediados de los ochenta el modelo había dado de sí: crisis económica, deuda, cerrazón política y una generación que ya no cabía en el corporativismo.
La ruptura desde adentro
Lo extraordinario es que el grito no vino de fuera, sino del corazón mismo del sistema. Cuauhtémoc Cárdenas había sido senador y gobernador de Michoacán por el PRI. Porfirio Muñoz Ledo había presidido el partido y sido secretario de Estado. Junto con Ifigenia Martínez y otros, formaron en 1986 la Corriente Democrática para exigir algo que hoy parece elemental: que el candidato presidencial no lo eligiera un solo hombre.
La respuesta fue la expulsión y el desprecio. Pudieron haberse disciplinado y esperar su turno; tenían trayectoria para ello. Eligieron salir. Ese gesto, abandonar el poder seguro por una causa incierta, es el acto fundacional de la izquierda democrática mexicana.
1988: la prudencia como forma de construir
El Frente Democrático Nacional reunió a partidos pequeños, organizaciones sociales y ciudadanos sin militancia alrededor de su candidatura. La noche del 6 de julio de 1988, el sistema de cómputo se “cayó” y, días después, Carlos Salinas de Gortari fue declarado ganador. Millones de mexicanos siguen convencidos de que aquella elección se la arrebataron.
Aquí aparece la virtud que más lo define: la prudencia. Tenía las plazas llenas y la indignación de su lado. Pudo haber llamado a la insurrección; el país estaba al borde. No lo hizo. Prefirió encauzar la protesta hacia la construcción de un partido y de reglas. Esa decisión, criticada entonces como tibieza, evitó sangre y sembró lo que vendría: un árbitro electoral autónomo, credencial con fotografía, cómputos confiables. La democracia mexicana de los noventa le debe más a esa contención que a cualquier discurso.
Una familia que forjó el México de hoy
No se entiende al hijo sin el padre. Lázaro Cárdenas del Río gobernó de 1934 a 1940 con una visión de nación: el reparto agrario, la expropiación petrolera de 1938 para que la riqueza del subsuelo fuera de los mexicanos, la educación técnica que dio origen al Politécnico.
Y una decisión humanista que todavía nos honra: abrir las puertas a los perseguidos. México recibió a los Niños de Morelia y a miles de republicanos españoles. Entre ellos llegaron filósofos, científicos y editores que fundaron La Casa de España, hoy El Colegio de México, y elevaron el nivel de la UNAM por generaciones. Ese talento acogido se volvió patrimonio nacional.
Cuauhtémoc pudo haber vivido de ese apellido. Lo usó, en cambio, como un compromiso. Murió presidiendo la Comisión Consultiva del Petróleo de Pemex: el hijo de la expropiación cuidando, hasta el final, la herencia del padre.
Lo que construyó y lo que le costó
En 1989 fundó el Partido de la Revolución Democrática. Fue una construcción a contracorriente: cientos de militantes perredistas fueron asesinados en los primeros años, en una violencia política que el país prefiere olvidar. Él cargó con esos muertos sin convertirlos en bandera de venganza.
Compitió tres veces por la Presidencia, en 1988, 1994 y 2000. Perdió las tres y nunca abandonó la vía institucional. En 1997 ganó la primera elección de Jefe de Gobierno del Distrito Federal: la capital dejó de ser una dependencia de Los Pinos y se volvió un gobierno de sus ciudadanos.
Sus sacrificios fueron de los que no se ven en la foto: renunciar a la carrera segura en el PRI, ceder liderazgos, aceptar derrotas, apartarse cuando su partido se desdibujó. En 2014 renunció al PRD que había fundado, y no se afilió a Morena. Mantuvo su independencia de criterio frente a todos, incluidos los suyos. La rectitud, en su caso, no fue adjetivo: fue método.
Un testimonio personal
Conocí al ingeniero Cárdenas cuando fundamos el movimiento Reforma Política Ya. Fue un espacio nacido de la ciudadanía, donde convergieron muchos movimientos democráticos y personas de profundas convicciones. Su respaldo, junto con el de Porfirio Muñoz Ledo, fue fundamental para que una reforma surgida desde abajo llegara a la Constitución.
Así se abrió paso a la consulta popular, a las candidaturas independientes, sin partido, y a la iniciativa ciudadana. Después vino la reelección de diputados, senadores y alcaldes, planteada no como vía para perpetuarse, sino como mecanismo de rendición de cuentas: que el ciudadano pueda premiar o castigar con su voto.
Lo vi de cerca: no buscaba protagonismo, buscaba que las reglas cambiaran. Fue un liderazgo de titanes de la democracia, con amor por las instituciones democráticas como garantes de los derechos de las personas, y con el humanismo como guía. Para muchos de nosotros esa causa fue, y sigue siendo, razón de vida. Fue un honor conocerles y compartir la aspiración de un México de derechos, de oportunidades, de justicia y de amor por la vida misma.
La talla de un fundador
Morena no se entiende sin Cuauhtémoc Cárdenas. Sus cuadros, su base social y buena parte de su discurso vienen de aquella ruptura de 1987 y de aquellas plazas de 1988. El propio Andrés Manuel López Obrador lo despidió como precursor del movimiento democrático, y la presidenta Claudia Sheinbaum le rindió homenaje en Palacio Nacional.
Pero reconocer el origen obliga. Cárdenas defendió instituciones autónomas, elecciones limpias y el diálogo con quien piensa distinto, aun cuando eso incomodara a su propio movimiento. Su izquierda fue de convicción, no de conveniencia; de derechos, no de consignas.
Esa es la vara con la que habría que medirnos. Y medirse por sus actos obliga a una constatación incómoda: la izquierda latinoamericana se está quedando sin liderazgos éticos e íntegros. Sin esos hombres y mujeres de principios, como pocos, que forjaron países y formaron generaciones insólitas.
Por eso la pregunta que deja su partida no es sobre el pasado, sino sobre el presente: ¿dónde están los liderazgos de hoy? ¿Quiénes serán la semilla de los movimientos que, desde el hoy, forjen el mañana?
Cárdenas respondió a esa pregunta con su vida: una lucha permanente por un México humanista, de instituciones democráticas y de derechos. No basta con citarlo en los homenajes. Hay que estar a su altura.
A Lázaro, a Cuauhtémoc y a Camila Cárdenas Batel, mi más sentido pésame. Su padre se reúne ahora con Celeste Batel, compañera de toda su vida, quien partió en 2021 justo el mismo día en que, medio siglo antes, había muerto el general Lázaro Cárdenas. Hay familias cuya historia se escribe en el calendario de la patria; la suya es una de ellas.
Que les acompañe la certeza de que su padre no se va del todo: se queda en cada urna limpia, en cada derecho conquistado, en cada joven que todavía cree que la política puede ser un acto de amor por México. Descanse en paz, ingeniero. Gracias por tanto.
Fuentes consultadas: Latin Times · Zeta Tijuana, AMLO · Zeta Tijuana, homenaje · Grupo Animal · Cultura Colectiva














































