La verdad convence, anatomía crítica de un lugar común
Lea aquí Libremente de Miguel Posani La entrada La verdad convence, anatomía crítica de un lugar común se publicó primero en Últimas Noticias.

Pocas afirmaciones gozan de tan buena reputación como la que sostiene que “la verdad convence”. Y esto que afirmo es verdad.
“La verdad convence” se presenta como una suerte de ley natural de la razón, pareciera que basta con exponer los hechos para que las conciencias se rindan ante su evidencia. Sin embargo, la experiencia cotidiana, y una abrumadora cantidad de investigación en psicología, retórica y comunicación, desmienten ese optimismo ingenuo. No vamos a entrar en el tema de que es la verdad, vamos a dejarlo como implícito porque lo que me interesa tocar aquí es otra dimensión.
La verdad, por sí sola, rara vez convence. No porque los seres humanos seamos irracionales, sino porque la persuasión no es un acto de pura lógica, es un fenómeno polimorfo, retórico, emocional y social en el que la verdad ocupa un lugar necesario, pero nunca suficiente.
No existe un lenguaje separado de la retórica, todo intento de comunicar es ya un intento de convencer, de persuadir, te lo digo yo que estoy tratando de hacer eso con este escrito. El lenguaje no es un vehículo transparente que refleje la realidad, sino una convención social, metafórica, que generaliza y en ese instante, falsea lo particular. Si aceptas que esto es así, la pretensión de una verdad pura que se impone por su sola fuerza es ingenua por no decir estúpida. Un discurso puede ser persuasivo y falso al mismo tiempo, lo que demuestra que la eficacia persuasiva no está necesariamente alineada con la verdad. La retórica, entendida como el arte de la persuasión, no es un adorno exterior a la verdad; es la condición misma de su puesta en circulación.
La psicología ha demostrado que no evaluamos los hechos con la frialdad de un juez imparcial. El razonamiento motivado, esa tendencia omnipresente a seleccionar, torcer e interpretar la información para qué encaje con nuestras creencias previas, hace que la evidencia se vuelva flexible a nuestros deseos, miedos e identidades. “Se necesita más información para creer algo que no quieres creer que algo que sí quieres creer”, resume el psicólogo Peter Ditto. A esto se suma la ilusión de verdad, la mera repetición de una afirmación incrementa su credibilidad percibida, incluso cuando es falsa o contradice conocimientos previos. La familiaridad se confunde con veracidad, hay que estar atentos a esto. En un entorno saturado de mensajes, la verdad compite en desventaja, la mentira emocional, como señalan los análisis sobre la posverdad, es infinitamente más poderosa que una verdad técnica porque apela a la amígdala, no a la corteza prefrontal. No es que la verdad no importa; es que sin una envoltura emocional y narrativa que la haga deseable, rara vez encuentra audiencia.
La posverdad no hace sino radicalizar esta condición. En su definición más precisa, designa un ecosistema en el que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. La verdad se convierte en una entre varias “realidades alternativas”, y el debate público se dirime en el terreno de las narrativas y las identidades, no en el de la evidencia. Esto explica por qué la corrección de informaciones falsas a menudo fracasa o incluso se vuelve contraproducente. La corrección de una creencia errónea puede reforzarla paradójicamente, porque el individuo la interpreta como una amenaza a su identidad. No basta con tener razón; hay que lograr que el otro pueda aceptar esa razón sin sentirse aniquilado en su visión del mundo. Pongo sólo un ejemplo ¿Cómo hacen los fundamentalistas religiosos para conciliar la existencia pasada de dinosaurios con la afirmación de que dios hizo el mundo en 7 días? Fácil aparentemente, ignoran a los pobres dinosaurios.
Frente a este panorama, la conclusión no es que la verdad sea prescindible, sino que la ecuación “verdad = convencimiento” es falsa por incompleta. Persuadimos con argumentos pero también por la credibilidad del emisor u orador y debe darse una disposición emocional del que recibe el mensaje, el auditorio por ejemplo. El argumento (la verdad) sin retórica, sin credibilidad del emisor y sin disposición del receptor se pone fácilmente en discusión.
Los estudios sobre comunicación de evidencia científica lo confirman, en cuestiones como el cambio climático. Por sí sola, la evidencia científica, no mueve a los segmentos escépticos; las narrativas personales y las experiencias directas pueden ser más eficaces. El arte y la técnica de narrar historias no es un adorno, es el vehículo que permite que una verdad abstracta se encarne en una experiencia humana y sortee las defensas cognitivas.
En definitiva, “la verdad convence” es una verdad a medias que, tomada al pie de la letra, se vuelve contraproducente. La verdad no es un rayo que ilumina por sí solo; es una semilla que necesita un terreno retórico, emocional y social para germinar. Quien pretenda persuadir solo con datos, sin atender a la credibilidad de la fuente, a las emociones del auditorio y a las narrativas que dan sentido a los hechos, confundirá la solidez de su argumento con su eficacia. Y esa confusión, en tiempos de posverdad, no es un lujo intelectual, es una derrota anunciada. La verdad importa, y mucho; pero si de verdad queremos que convenza, habrá que dejar de exigirle que lo haga sola.
“Estos son mis principios y si no te gustan tengo otros”, Groucho Marx
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