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La salsa no es un género sino una forma de vida

José Rubén Tovar, productor y conductor del programa televisivo El tour de la salsa, defiende su valor identitario La entrada La salsa no es un género sino una forma de vida se publicó primero en Últimas Noticias.

Por: Redacción InteractPostNews | Venezuela ·
La salsa no es un género sino una forma de vida

A José Rubén Tovar no le tiembla el pulso al desarmar los lugares comunes. Para él, la salsa no cabe en la estrechez de la etiqueta de un género comercial. A su modo de ver, es una piel colectiva y una trinchera social. Con 16 años ininterrumpidos al frente de “El tour de la salsa” por Canal I, el productor y moderador defiende este fenómeno como una fibra indisoluble del Caribe urbano.

“Encasillarla como un género retumba en los oídos a los cultores e investigadores; es un movimiento musical, un estilo de vida compuesto de muchos ritmos originarios como la guaracha, el guaguancó, el son y la timba”, sentencia Tovar con la pasión de un militante.

En esa cartografía caribeña, Venezuela no se inscribe como simple espectadora. Fue matriz, catalizador y plataforma de consagración de varias generaciones de salseros. Antes de que las maquinarias trasnacionales armaran su empaque mediático, la inventiva caraqueña ya bautizaba el fenómeno en el dial gracias al ingenio de Phidias Danilo Escalona, cuyo natalicio en octubre fija con justicia el Día Nacional de la Salsa.

Tovar lo reivindica sin titubeos frente al relato oficial: “Venezuela ha sido un bastión determinante porque abría y sigue abriendo las puertas a artistas que le deben su fama a que el país les dio por primera vez vitrina pública. Figuras como Ismael Miranda o Roberto Lugo me lo han dicho de frente: ‘Le debo mi reconocimiento a Venezuela’”.

Fue también aquí donde la palabra cobró cuerpo impreso: en 1966 vio luz el histórico LP Llegó la salsa de Federico y su Combo Latino, adelantándose por casi una década a la Fania.

La salsa vive

Ese aporte criollo tuvo además voces de una fuerza tan arrolladora que moldearon el sonido de los grandes mitos del Caribe, como ocurrió con el sonero Perucho Torcat. El propio Héctor Lavoe encontró en el fraseo bravo del venezolano una matriz de inspiración inocultable antes de inmortalizar temas de su autoría: «PLa salsa no es un género sino una forma de vidaerucho fue un cantante fuera de serie, temido por muchos cuando abría ese gañote. Su trágica muerte en el 71 precedió a que Lavoe grabara en el 75 El Todopoderoso, una pieza que ya sonaba en la voz y autoría de Perucho, igual que Vamos a reír un poco», rescata Tovar. La salsa, dice, se nutrió de esa verdad visceral y del testimonio directo que también esculpieron cronistas como Tite Curet Alonso o Rubén Blades, demostrando que detrás de cada arreglo hay una médula testimonial: «La salsa tiene un contenido social profundo; sus grandes obras nacen de vivencias puras, no del artificio».

El movimiento no está agonizando. Está mutando con vigor en la sangre de las nuevas generaciones. Ante las afirmaciones que decretan su caducidad, Tovar responde con vehemencia: «Cuando dicen que la salsa está en terapia intensiva se prenden las alarmas. ¿Cómo vas a denigrar de lo que te dio prestigio? La salsa no se está muriendo, sigue evolucionando. Si estuviera muriendo, los chamos de las nuevas generaciones no tendrían el interés de grabarla ni de experimentarla». Para muestra, evoca cómo creadores del rap como Neutro Shorty exploran producciones completas de salsa, o cómo artistas contemporáneas dialogan con ella sin prejuicios. Lo esencial es comprender que la raíz es plástica y sobrevive mientras preserve la dignidad del barrio, desarmando prejuicios clasistas. «El cliché estúpido de etiquetar la salsa con lo banal hay que sacárselo de la cabeza. En el barrio nacen los mejores deportistas y los mejores músicos. Quienes bailan El Gran Combo o La Sonora Ponceña están escuchando la médula de una barriada puertorriqueña, igual a como ocurría en el Bronx».

Esa vitalidad se comprueba al rodar sobre el asfalto caraqueño, donde el género late como un ritual colectivo y cotidiano. Desde las rumbas callejeras en los bloques de La Cañada en el 23 de Enero, pasando por el epicentro organizativo y cultural de San Agustín con sus rumbas comunitarias, hasta la efervescencia de Petare con festivales barriales que honran a maestros como Félix «Guachafa» u Óscar D’León, la ciudad baila a cielo abierto.

«Caracas tiene sitios de sobra. Los guateques de calle son encuentros familiares, orgánicos, donde la gente se reúne alrededor del melómano. Hoy en día muchos bajan del este hacia el oeste porque sienten el calor de lo auténtico, el contacto directo con la gente y con la verdadera salsa», relata Tovar sobre esta geografía del goce que florece con fuerza en esquinas de La Pastora, Sarria y plazas históricas como El Venezolano, donde las comunidades se apropian del espacio para la descarga libre y el baile espontáneo.

El circuito se completa en la formidable simbiosis entre la academia y la calle. Las orquestas de El Sistema, como la Orquesta Afrocaribeña o la Simón Bolívar Big Band Jazz, demuestran que las fronteras entre lo clásico y lo popular quedaron pulverizadas. Agrupaciones de trinchera como Bailatino defienden la pegada gorda de los trombones, Alfredo Naranjo y su Guajeo enlazan la técnica del conservatorio con la picardía de la esquina, y los selectors rescatan la calidez inimitable del vinil. «Esa manera de grabar en bloque le daba una pasta y un golpe a la música que no se compara con lo digital; ese retorno orgánico está enamorando a los muchachos», concluye Tovar con fe absoluta.

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